La confianza antes que la influencia y la persona antes del procedimiento.
- hace 6 días
- 3 min de lectura
Primero el amor, después la técnica. A. Gaudí
“Para hacer las cosas bien es necesario: primero, el amor; segundo, la técnica”. Esta inspiradora frase atribuida a Antoni Gaudí (1852-1926), arquitecto y máximo exponente del modernismo, ha vuelto a cobrar actualidad con motivo del centenario de su muerte. Una frase sencilla que encierra una idea de enorme profundidad.
No significa renunciar al rigor ni a la profesionalidad. Al contrario. La técnica aporta método, competencia, evidencia, calidad en la ejecución y en los resultados. Pero la excelencia técnica alcanza su máximo valor cuando se pone al servicio de algo que le da sentido: las personas, la obra, el proyecto y, en definitiva, el propósito.
Soy una firme defensora del método. La experiencia me ha enseñado que la metodología ayuda a ganar tiempo, y el tiempo es un recurso finito; el tiempo no es oro, es vida. Sin embargo, siempre he comprendido que la técnica no es lo primero.
No solo Gaudí parecía decirnos con su frase que la obra nace del compromiso humano. Me gustaría aquí mencionar también a Carl Rogers (1902-1987), uno de los principales representantes de la psicología humanista, quien defendió que las personas deben situarse por encima de los procedimientos y que la calidad de la relación humana es un factor esencial para el cambio, el aprendizaje y el desarrollo.
Su enfoque centrado en la persona estaba fundamentado en la confianza en la capacidad de crecimiento de cada individuo y en la importancia de crear contextos caracterizados por la empatía, la aceptación positiva incondicional y la autenticidad. Desde esta perspectiva, las técnicas y los procesos son importantes, pero adquieren sentido cuando están al servicio de las personas y no al contrario.
Gaudí parece decirnos que la obra nace del compromiso humano; Rogers explica que el cambio nace de la calidad del vínculo. Arquitecto y psicólogo coinciden en una misma idea: la técnica, por sí sola, tiene un efecto limitado. La excelencia aparece cuando ambas dimensiones se integran. La relación abre la puerta; la técnica ayuda a cruzarla y a transitar.
Esta idea es extrapolable a la educación, al acompañamiento, a todas las profesiones, aplicable muy especialmente al liderazgo y, en definitiva, a todas las relaciones humanas. Aplicada a los equipos, significa que primero está la confianza y después la influencia o el liderar; primero la relación y después el método; primero la persona y después el procedimiento.
Décadas después, esta misma idea aparece formulada en un contexto muy distinto. En 2001, un grupo de desarrolladores de software redactó el Manifiesto Agile, origen de una nueva manera de entender el trabajo y la mejora continua. El primero de sus valores expresa con claridad una intuición profundamente humana: «Valoramos a los individuos y sus interacciones por encima de los procesos y las herramientas». Lejos de restar importancia a los métodos, este principio recuerda que los procedimientos adquieren su verdadero valor cuando están al servicio de las personas y de las relaciones que hacen posible la colaboración, la cooperación, el aprendizaje y los resultados.
En cualquiera de los ámbitos y profesiones que he desarrollado a lo largo de mi vida, siempre lo he entendido así: un propósito y un compromiso profundo con aquello que se hace. Lo viví como enfermera asistencial, también durante muchos años como directiva, lo experimento del mismo modo en la docencia y en el acompañamiento y asesoría de personas, equipos y organizaciones. No sólo implicarse con el proyecto, también enamorarse y creer en él y cuidar las relaciones humanas que lo sostienen constituye, probablemente, una de las formas más auténticas de ejercer una profesión.
Cuando existe atención, respeto y voluntad, se empieza a tejer la confianza y es entonces cuando el método o la técnica encuentran el camino adecuado para producir resultados. El conocimiento, las metodologías, procesos, protocolos, procedimientos y la gran variedad de herramientas son muy necesarios, pero aplicados sin tener en cuenta a la persona pierden impacto.
Me gustaría citar también a W. Edwards Deming (1900-1993), referente de la calidad y de la mejora continua, el gurú de la excelencia afirmaba que "un sistema no puede comprenderse sin comprender a las personas". Tal vez por eso, detrás de cualquier metodología, siempre hallamos personas.
Con los años he aprendido que las metodologías ayudan, los procedimientos ordenan y las herramientas facilitan el camino. Pero aquello que verdaderamente hace posible el aprendizaje, el cambio y los resultados es algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más complejo: la calidad de las relaciones humanas.



Comentarios