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Entre lo divino y lo humano

  • hace 13 horas
  • 7 Min. de lectura

Cuando tu propósito es lo que ilumina los días grises


Posicionamiento


Nunca me preocupó el número de seguidores en redes ni los “likes”. Agradezco la interacción, pero no la interpreto como una búsqueda de aprobación o aplauso; sería muy pobre por mi parte. Tampoco sentí la necesidad de estar presente en determinados espacios.


Aprendí a ser una persona bastante anónima, que sigue su camino entre días de luz y días de sombra. Por supuesto que me gusta el reconocimiento, pero no es lo que me mueve. Mi motor es otro.


Hace muy pocos días, una mujer maravillosa a la que quiero y admiro dejó caer una frase en una presentación que se me quedó grabada: “Hi ha persones que han de picar pedra”.Picar piedra. Perseverar sin ruido, quizá con poco o ningún apoyo, pero siempre con foco, sin necesidad de aplauso.


Desde ahí, desde ese lugar más silencioso, es desde donde surgen algunas de las experiencias más valiosas.


Identidad y expresión personal


Me defino como una persona apasionada, trabajadora y muy creativa, a veces escondida entre informes y procesos. Aprendí a hacerlo así. Moldeé ese “yo artístico” que solo quienes me conocen de verdad han sabido ver.


Y es que, si me conociste ayer, malas noticias: ya no soy la misma, porque evolucionar es urgente y necesario.


Algunos amigos, buenos críticos de mis artículos y escritores de profesión me preguntan en muchas ocasiones:“¿Por qué no escribes un libro? "Me entran ganas de contestar aquello de Mota, ya saben… “no es por no ir”. Y quiero confesarles, que estoy en ello.


Y es que, además de los artículos, escribo desde pequeña. Historias cortas de ficción que solo han leído un par de personas y que se quedaron en el cajón de la vergüenza o en el de “¿esto para qué va a servir?”. Cuadernos llenos de dibujos a lápiz… Siempre busqué y encontré formas de expresión distintas, maneras de canalizar lo que llevaba dentro.


A menudo bromeo diciendo que hay una vedette dentro de mí que, al no haberse podido dedicar a la interpretación, se expresa a través de conferencias y en las aulas. Debe ser algo parecido: prepararse, sentir nervios y respeto a la vez, y salir al público, ya sean alumnos de la universidad, asistentes a una conferencia o participantes en un taller en una empresa.


Y luego está dentro de mí esa otra parte. La más estructurada. La que pone método a una mente creativa, a veces dispersa. Ese, aunque es un yo adaptado, también forma parte de mí.


Hace poco, una de mis personas amarillas me compartía métodos que utilizaba en momentos de creación, respaldados por la ciencia y que le funcionan. Me gustó descubrirlos, probarlos y aprender algo nuevo.


Creo que las personas con esa inquietud constante - esa curiosidad que no se apaga-, las que se sienten cómodas con el concepto “knomad” (profesionales del conocimiento en aprendizaje continuo), tenemos un mundo interior rico. Tenemos mucho que ofrecer. Y necesitamos seguir llenando nuestras reservas de conocimiento y de experiencias significativas.


Las conversaciones que importan


No sé si es el universo o simplemente la vida, pero en pocos días he mantenido conversaciones que me han regalado momentos muy especiales. Algunas presenciales, otras virtuales. Todas con un contenido que muchos “gurús”, con todos mis respetos, quisieran para sí.


Entre la mucha gente con la que me cruzo a lo largo del día, no con todas sucede la magia. Esa en la que las conversaciones van más allá de lo habitual: trabajo, estudios, planes o proyectos. Conversaciones necesarias, sí, pero no son a las que yo me refiero en concreto.


Porque hay otras. Y cuando aparecen, se reconocen.


Las “personas amarillas”


Hace unas horas compartía en mi red personal una publicación de Albert Espinosa en la que hablaba de las “personas amarillas”: aquellas con las que quizá te cruzas una sola vez en la vida, pero con las que mantienes conversaciones que no has tenido quizá ni con familiares o incluso con algunas amistades cercanas -con otras sí, por supuesto-.

Y ocurre algo curioso: nos reconocemos.


En privado ya he recibido mensajes que decían simplemente: “como tú y yo”.


En estos últimos días he identificado a algunas de esas personas amarillas. No todas -tengo 59 años, camino de ser sexigenaria (sí, han leído bien, no es un error ortográfico)-. En un mundo donde parece que tenemos que aparentar eternamente 20 años y donde se castiga la vejez, creo que lo más “sexi” es una buena conversación.


He conocido muchas personas amarillas -y las que me quedan-. Algunas de hace años, otras nuevas. Todas ocupan ya su lugar en esa carpeta especial de mi mente y mi corazón: “mis personas amarillas”.


Son las que me llenan de energía. Las que me inspiran, a veces sin saberlo, me motivan. Y algunas, además, han estado muy presentes estos días.

Personas que aparecen en un momento concreto y, aunque no vuelvas a coincidir, sabes que no se irán del todo.


Ayer recibí un mensaje de una de ellas, así, inesperado. Entendí que algo de lo compartido había resonado en su interior. Y es que nos encontramos y nos reconocemos, sea cual sea el canal.


Encuentros que dejan huella


En estos días se ha producido algún encuentro amarillo. Las personas que han sido cómplices de la magia sabrán reconocerlo. Si la conversación fue sobre lo de siempre, fue un encuentro agradable, pero no un chispazo amarillo.


Con ellas he mantenido conversaciones profundas, íntimas y honestas. De las que invitan a reflexionar sobre la vida. De las que permiten compartir pensamientos, reflexiones, emociones…


Conversaciones que dejan buen sabor. Es en ese tipo de espacios donde algo cambia, algo se mueve… y te mueve. ¿Reconocen el momento? ¿Reconocen a la persona o personas?


Profundidad frente al ruido


En medio de tanto ruido -postureo, perfección impuesta-, resulta casi un acto rebelde detenerse y profundizar.


Ayer le daba vueltas a una idea: no somos tan diferentes. Sentimos, pero nos enseñaron a no mostrarlo. Nos enseñaron a mostrar solo el éxito y la perfección.


Un mundo donde la fina línea que separa realidad y ficción es tan confusa como, a veces, nuestros propios pensamientos.


Y, sin embargo, pocas veces se conecta tanto como cuando alguien habla de lo que no va bien. Cuando se comparten vulnerabilidades. Cuando alguien te habla y se le humedecen los ojos, y a ti te contagia esa emoción.


Y es que, en un mundo de filtros, la verdad conecta.


Reflexiones sobre la felicidad


Así que esta misma mañana hablaba con una de mis personas amarillas sobre la neurofelicidad, entre sorbos de café. Me hubiera encantado sentarme frente a ella y dejar que la conversación continuara. Y digo me hubiera encantado, porque era una conversación privada por Instagram.


Y pensaba también en lo curioso que resulta todo esto. En mi red personal -en la que, por cierto, cada día hay más personas a las que no sé muy bien por qué dejé pasar- se han normalizado comportamientos que, en lo presencial, resultarían extraños.


Si alguien viniera a casa a tomar café, ¿se quedaría mirándome en silencio desde el sofá sin decir nada? Supongo que son códigos distintos.


Volviendo a lo que nos ocupa, con mi persona amarilla, habíamos iniciado la interacción hablando de un libro y, sin darnos cuenta, la conversación tomó un camino mucho más profundo.


Después de vivir estos micromomentos, me pregunto a menudo por qué nos atrapan sentimientos de infelicidad cuando el simple hecho de estar vivos ya es un regalo.

Ver el sol o la niebla… ¿Qué más da?


Contrastes emocionales


Hay días en los que soy profundamente feliz, sin motivo material. Y otros en los que lo mandaría todo al cuerno. Digo mucho una frase:“Me voy a ir a Ibiza a vender collares de caracolas.”


Y sí, me imagino allí. Descalza. Con un vestido blanco vaporoso. El pelo suelto, movido por el aire del mar, con esas ondas imperfectas que aparecen sin esfuerzo, rebeldes como yo. No perfectas. No controladas. Más libres. Más auténticas.


Y luego pienso que también hay que permitirse esos momentos, que forman parte del camino y que quien te los oculta o los maquilla es porque está interpretando un papel, y eso debe ser agotador.

 

Vida cotidiana y automatismos


Pero no siempre es fácil parar y profundizar. Pararse a afilar el hacha, para seguir cortando árboles con mayor fuerza y precisión.


Detenerse a mirar dentro, aunque duela, aunque incomode, no es fácil, pero es tan necesario como ir al gestor, al médico o al dentista.


Nos levantamos temprano, trabajamos intensamente, aceptamos proyectos que nos ilusionan y otros que no tanto. A veces cobramos tarde o mal. Soportamos presión, nos enfrentamos a situaciones no agradables.


Y funcionamos en piloto automático mientras la vida pasa. Y en medio de ese automatismo, a veces tomamos decisiones que lo cambian todo.


Decisiones y propósito


En un momento de mi vida dejé un trabajo seguro para seguir mi propósito.

No fue, probablemente, la decisión más “inteligente” a ojos de muchas personas. No sé si me equivoqué. Tampoco me lo planteo. Honestamente, creo que no.


La seguridad no siempre es sinónimo de felicidad. Todo depende del contexto.


Mi camino no es de rosas, como el de muchas personas, pero tampoco está lleno de espinas. El aprendizaje es vida. Y pienso en:

  • Cada abrazo que he recibido sincero.

  • Una persona que se abre de repente y te muestra su interior.

  • Alguien que te dice “lo probaré”.

  • Esa persona que se inspira a hacer algo pendiente.

  • Una conexión real entre muchas.


Eso también es éxito. A veces nos hicieron creer que el éxito era popularidad, perfección o reconocimiento. Y no necesariamente.


Cierre: aprendizaje y entorno


La vida es aprendizaje, y es algo que repito muchas veces en mis talleres:

Lo que para ti es normal, para mí puede ser un logro. Lo que para ti es “no es para tanto”, para mí puede ser superar un límite que me ha costado mucho trabajar. No lo minimices. Mi vida es mía. Personal e intransferible.


A veces hay que salir de los círculos habituales para poder hacer cosas diferentes. Yo he aprendido mucho en ese proceso. Y también he aprendido otra cosa: no todo suma.


Hay personas, lugares o contextos que restan energía. Al igual que las personas amarillas suman, las grises hacen todo lo contrario.


Ponlos en una carpeta, si quieres, por supuesto. Pero no en un estante visible. Ocupan espacio. Desgastan. Te apartan del foco. Es logística, es esfuerzo, restan energía. Son ruido.


Márcalos, nómbralos… y guárdalos en el trastero. Algunos, incluso, puedes eliminarlos.


Y sigue. Porque en cualquier momento coincidirás en tiempo y espacio con una persona amarilla… y tú, seguramente, también lo eres para alguien más.

 

 
 
 

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