Del estadio a la empresa: el arte de construir un “nosotros”.
- 23 jul
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¿Qué ha entendido el fútbol sobre el ser humano que muchas organizaciones todavía están aprendiendo?
La respuesta no puede quedarse únicamente en que una pertenece al ocio y la otra al trabajo. Si abrimos ese debate, encontraremos tantas explicaciones como personas y organizaciones existen: propósito, reconocimiento, liderazgo, condiciones laborales, clima, oportunidades de desarrollo o culturas corporativas con más o menos Engagement. Aquella famosa frase de: “Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida.”
Les confieso que todavía me cuesta comprender o explicar lo que es un fuera de juego, pero lo que sí está claro y me llama la atención, es que el fútbol es un fenómeno social que ha aprendido a construir identidad, pertenencia y crea rituales compartidos.
El fútbol une a personas de diferentes países, edades, profesiones e incluso ideologías. Resulta curioso que, en un estadio o incluso fuera de él, las diferencias generacionales prácticamente desaparecen, mientras que en muchas organizaciones siguen siendo objeto de análisis y preocupación.
El fútbol crea un “nosotros”. El mundo empresarial se basa más en la transacción. Antes de iniciar la reflexión, cabe comentar que ambos aspectos son perfectamente compatibles.
Lo que en el mundo del fútbol llamamos aficionados guarda cierto parecido a las tribus. comunidades unidas por una identidad compartida, emociones, símbolos y rituales. La antropología, la sociología y la psicología han estudiado sobre el fenómeno tribu y podríamos hallar diversas definiciones. Me pareció especialmente alineada con el tema la de Michel Maffesoli (1988), sociólogo francés, que describió las tribus contemporáneas como agrupaciones emocionales basadas en afinidades, estilos de vida y sentimientos de pertenencia más que en estructuras formales. Desde la antropología, la psicología social y la sociología encontramos múltiples aproximaciones, pero todas convergen en una idea: los seres humanos somos, por naturaleza, seres sociales, unos más que otros, es cierto.
Nuestro cerebro también evolucionó para conectar, cooperar y pertenecer al grupo. De ahí surge el concepto de "cerebro social", investigadores como Robin Dunbar, antropólogo y psicólogo, planteó que buena parte de nuestras capacidades cognitivas evolucionaron para gestionar relaciones sociales cada vez más complejas. El futbol tiene esa parte de complejidad.
Cuando hablamos de cerebro social hace referencia al conjunto de procesos mentales y redes neuronales que nos permiten comprender a otras personas, interpretar emociones, construir vínculos, cooperar y generar identidad colectiva. Cuando nos sentimos parte de un grupo, se activan todo tipo de mecanismos, por ejemplo, los relacionados con la confianza, la recompensa y la sincronización emocional. Participan neurotransmisores y hormonas como la dopamina y la oxitocina, así como las neuronas espejo, que ayudan a explicar por qué somos capaces de emocionarnos con personas a las que ni siquiera conocemos.
Lloramos cuando lloran. Celebramos cuando celebran. Y, en ocasiones, sentimos la victoria como si también fuera nuestra.
Aunque llego unos días tarde, la inspiración y el escribir, es lo que tiene, si analizáramos un reciente Mundial, observaríamos cómo se activan elementos extraordinariamente potentes:
El factor Identidad compartida: “nosotros”.
El propósito: representar a un país, a una ciudad o a una historia, la de tu equipo, la de tu club.
Narrativa: “Este año sí”. La visión de lo que van a conseguir. El míster, es capaz de transmitir esta idea, esa emoción y ese sentimiento a su equipo y el equipo con sus acciones lo transmite a la tribu.
Estrategia: el míster explica los pasos para conseguirlo a su equipo, y estos se implican para conseguirlo como si les fuera la vida en ello. ¿Se han dado cuenta que incluso los que no jugamos, nos implicamos tanto que hablamos de la técnica como expertos? La tribu, también opina.
Simbología: colores, escudos y camisetas. Lo que se conoce como: “identidad corporativa, sentir los colores.”
Rituales: reunirse, cantar, celebrar. Todo un estadio cantando…en las casas, en los bares, en la calle… Basta recordar cómo un sencillo "Cucu, Cucurella..." fue capaz de convertirse en un ritual compartido por miles de personas en cuestión de días. Quizás el mensaje es que lo natural, lo auténtico y lo sencillo, conecta.
Comunicación formal e informal. El equipo se reúne para hablar de la estrategia, se reúne para entrenar, se reúne en el vestidor y seguro que también en espacios informales. La tribu también se reúne a cualquier hora y en cualquier lugar,
Emoción y contagio colectivo: risas, lágrimas y, en ocasiones, incluso conductas extremas (también hay que comentar aquí que no siempre positivas.)
Sin duda, sentimiento y orgullo de pertenencia
También observamos en el futbol liderazgos formales e informales. El míster, el capitán, estrellas que sobresalen…pero después también observamos esas personas que sostienen al equipo cuando las cosas se complican, las que contagian actitud, buen humor, las que conectan generaciones y las que consiguen que la tribu siga creyendo incluso cuando el marcador no acompaña.
En las organizaciones ocurre exactamente lo mismo. Hay líderes que vienen definidos por un organigrama y otros que son elegidos cada día por sus compañeros. Ambos son necesarios. Porque construir un "nosotros" no depende únicamente de quién dirige, sino también de quién inspira, une y hace que los demás quieran seguir formando parte del equipo.
Por lo que la gran pregunta seria: ¿Cómo pueden las empresas generar un “nosotros” auténtico? ¿Cómo contrarrestar la abundancia de “ellos”? Ellos, la dirección; Ellos, los de Recursos Humanos; ellos los de informática; los del departamento A…o peor ellos, la empresa. Y menos veces escuchamos un “nosotros”.
Construir pertenencia implica construir compromiso. Si queremos equipos comprometidos y personas que actúen como embajadoras de marca, debemos trabajar el cerebro social con hechos, no con discursos aprendidos.
El compromiso no nace de una infografía sobre valores ni de una presentación en PowerPoint. Nace de una cultura coherente: “lo que hablo, hago.”
La unión del equipo tampoco consiste en acumular acciones aisladas. No se trata de instalar una zona de relax, instalar un futbolín, tampoco pasa sólo por organizar un desayuno mensual o celebrar un día al año. Se trata de construir las condiciones para que una persona quiera estar, quiera contribuir y quiera pertenecer a la tribu. Después por supuesto que cualquiera de estas acciones cobra sentido, porque no son para salvar el expediente, son el resultado casi de una cultura de cohesión.
¿Y cuáles son esas condiciones clave para generar tribu?
Un propósito compartido: el porqué, un concepto que lejos de parecer abstracto hace que lo que hacemos cobre sentido.
Valores coherentes, especialmente visibles en quienes lideran. Personas referentes que inspiran, influyen positivamente y motivan. Ese jugador, o jugadora, o el míster que admiro, trasladado al mundo laboral.
Comunidad y sentido de tribu. Compartir historias, rituales y colores.
Una estrategia clara, la pizarra del míster, el plan definido y claramente comunicado a la tribu.
Una narrativa común: “Este año sí”. Una visión compartida de hacia dónde vamos. Lo que queremos conseguir. Deben ser capaces de visualizar el éxito y el camino para conseguirlo.
Reconocimiento y celebración de los logros. Nos gusta que nos digan que lo hacemos bien.
Roles definidos y liderazgo formal e informal. Aquí abro otro melón, definir roles no significa establecer etiquetas para siempre, las personas evolucionamos, por suerte. Así que aquí el fútbol también nos muestra como variando posiciones o incluso cambiando a personas de equipos, el talento brilla. También la proyección a capitán o capitana o a míster algún día.
La experiencia de la victoria colectiva. Hacer que alguien se sienta orgulloso de pertenecer al lugar donde acude cada día de su vida y durante muchos años, se trabaja.
El fútbol lleva más de ciento cincuenta años entendiendo algo que muchas organizaciones todavía ignoran: las personas no nos enamoramos sólo de una propuesta de valor. Nos enamoramos de una historia en la que sentimos que somos importantes. En la que se nos tiene en cuenta, se nos explica y se nos reconoce.
Y quizás la pregunta que deberían hacerse muchas empresas no es cómo mejorar el compromiso, sino qué tendría que ocurrir dentro de su organización para que alguien quisiera ponerse la camiseta un sábado por la tarde.
Y es que, construir un nosotros, probablemente, sea una de las ventajas más competitivas de una organización.



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